La casa de las torturas

Esta mañana ha vuelto a sonar Bob Dylan en el entrenamiento y las cosas se pusieron serias, las bromas se han terminado. Han pasado ya más de cuatro semanas desde que anuncié que volvía a correr, pero hasta esta semana no he podido experimentar de nuevo esa sensación que yo, tal que muchos, defino como cansancio extremo. Es la sensación que se tiene cuando se ha empleado hasta el último gramo de energía que encierra tu organismo, esa sensación de que, aunque yo constantemente digo que siempre se puede dar un poco más, realmente no puedes dar un paso más, esa sensación de mareo, de dolor de cabeza, de zumbido en los oídos, de nublazón en la vista, de quemazón en el pecho, como si te hubieses tragado mil cuchillas de afeitar, de dolor intestinal, de destrucción muscular, de inflamación en los tendones… Por mucho que la natación, la elíptica, el gimnasio o el “acua-running” sean duros, creo que nada se puede parecer al esfuerzo que supone entrenar todos los días al máximo preparando una maratón, ¡y lo digo cuando casi aún no he comenzado!

Esta mañana todo esto lo ha conseguido, a parte de que ya estoy mucho mejor de mis molestias en los isquiotibiales, la casa de torturas que representa particularmente para mi, el parque de Rosalía de Castro en Lugo, con sus circuitos especiales diseñados por el gurú del atletismo, Javier Piñeiro “Nani”, ya conocido por casi todos los que leéis el blog a menudo.

Como os comentaba al principio de esta entrada, para aguantar el tirón, el trabajo se me hace mucho más llevadero con una buena sesión de Bob Dylan en mi iPod, y aunque aún no voy “Blowing on the wind” como me gustaría, me conformo con ir cogiendo poco a poco la forma acompañado por temas como “Forever young” (¿hay que ser optimista, no?) o muy especialmente, “Hurricane”.

Hasta que el cuerpo aguante, al máximo todos los días

Bob Dylan – Hurricane (Live)

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Una respuesta a La casa de las torturas

  1. Pedro Fortún dijo:

    Cuanto anhelo la sensación de la que hablas.
    En el fondo, admite que te gusta. Nada como un buen chute de entreno agónico para sentir un orgasmo atlético (la virgen, que de burradas acabo de soltar).
    Espero con ansias tu historia en el vida del maratoniano.
    Un abrazo.

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